Mis mejores años

No creo exagerar cuando digo que estoy viviendo los mejores años de mi vida. De hecho, me parece un poco chafa cómo mucha banda se mal viaja después de los veinticinco sin darse cuenta de lo increíble que es llegar a ese punto, ver en retrospectiva y confirmar que estás en el camino correcto. Que después de muchas vueltas por lugares equivocados, hoy tienes un paisaje que no cambiarías por nada. Y lo más importante: que cada vez te pareces más a la mujer que siempre quisiste ser.

No miento: pasé de ser una niña súper ñoña que no tomaba ni fumaba a una junkie súper cool ja ja ja já #bromi (es en serio má, estoy jugando). El punto es que sí, fui meeeeega ñoña, luego decidí ser joven y empecé a tomar y fiestear porque estaba muuuuuuy muy chido, la neta, pero hoy desbloqueé el nuevo nivel de madurez al que llaman “Becoming a señora”. 

Sí: llevar las cuentas, pagar servicios, ser responsable, empezar a cuidarte la piel, aprender nuevas recetas para cocinar, chillear en el sofá con un porrito, sentarse a leer con un café, encender velas aromáticas y ufff, esta es mi favorita: ir al supermercado o a los tianguis para comprar un chorro de fruta, aguacates y lo que se te cruce en frente para siempre tener una buena botana en el refri. Llegué e ese nivel y la verdad es que me la estoy pasando de huevos.

Siempre fui de la idea de forever ruckear porque, ¿por qué chingados no? Está cool ser joven, beber, fumar, coger y yolo. Aún lo creo, loquear es lo más cool del mundo, la diferencia ahora es que, si antes prefería salir corriendo de mi casa para que la música del antro ensordeciera mi cerebro para no pensar, hoy disfruto ponerme bien high en casa, poner musiquita riqui, darme un baño, encender velas, picar fruta y estar con mi Tris, Jager y Coquis. Me siento demasiado cómoda en casa: siempre hay un porrito, un rinconcito a gusto y un chingo de amor. Todo es real, íntimo y puro. Sin cadeneros con dos neuronas, sin mirreyes queriendo ligar ni borrachos rompiendo botellas o amistades que ni se preocupan por saber si llegaste a casa.

Las noches de black outs; de quedarme dormida, borracha, afuera de un bar; de darme a quien se me cruzara en frente; de regresar a casa sola, en transporte público, o a las 2 o 3 de la mañana; de soportar marchitos estúpidos; de falsas amistades; de relaciones tóxicas o de estar con alguien solo por no estar sola, se acabaron. Todas esas cosas quedaron atrás. Estuvo muy loco, empezando porque me puse en peligro muchísimas veces, quedándome dormida en el Uber o tomando taxis de la calle por la noche, sí, pero la realidad es que también me la pasé súper chingón, aprendí un chorro y hoy esas historias me hacen pensar: Mar, ¡te mega rifas! Porque sí. No exagero al decir que llegar a este momento me ha costado mucho tiempo y esfuerzo, y justo por eso me merezco disfrutarlo.

Seguro están pensando: cálmate morra, que no tienes el empleo del año, no has ganado un Nobel, ni publicado un libro y, vaya, que obviamente no vives con los lujos que normalmente se asocian al éxito pero, para mí, estoy casi en la cima del éxito. Después de años de luchar con inseguridades, hoy me veo al espejo y me siento realmente bonita, pero sobre todo, me miro y confirmo que soy la mujer que soñaba ser. 

Es cierto que me falta mucho por aprender y vivir pero, hoy realmente mi corazón y mi mente están conectados. La mayor parte del tiempo me siento tranquila, sé que soy buena en lo que hago, disfruto mi tiempo libre, hago lo que me gusta cuando me da la gana, fumo buenas flores, tengo amigas increíbles, una familia que amo, unos bebés peludos adorables, al novio más chido del mundo y puedo sentarme a disfrutar de todo eso. 

Me siento llena y en paz. Hoy enfoco mi energía en lo que realmente vale la pena, he conocido seres maravillosos, aprendí a alejarme de gente nociva y estoy llena de sueños que sé que voy a cumplir. Porque, a mis 29 años, estoy feliz de ser la persona que soy, de haber dejado atrás la timidez, la inseguridad, la pena, la culpa y el silencio. Ahora me siento fuerte, hermosa, sexy, graciosa, chingona, decidida; grito en la calle sin motivo, puedo salir a un bar por unas chelitas cada que sea un buen día, y también puedo estar en casa, con un vinito y un buen porro, cuchareando sabroso. No importa lo que decida hacer, en cualquier momento me la paso bien, con las personas indicadas, fluyendo y dejando fluir. 

Sobreviví desilusiones amorosas, acoso callejero, broncas familiares, sociales, psicológicas y económicas hasta que, poco a poco, fui superando cada obstáculo. Aprendí las lecciones necesarias a costa de terapia, yoga, viajes, alcohol, lágrimas, dinero,  accidentes, budismo, sexo casual, tinder, material de autoayuda, aromaterapia, etcétera. Toditito valió la pena. Hoy me siento más yo que nunca antes y eso no lo cambio por nada. Mi consejo: hagan los cambios que sean necesarios para convertirse en las personas que sueñan ser.

También te puede interesar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *