Reflexiones sobre el amor romántico

Muchas son las cosas que se han dicho sobre el amor desde tiempos inmemoriales. La psicología, la filosofía, la literatura, el cine, la música, la pintura, el teatro y otras artes y ciencias se han dedicado a abordar el tema desde múltiples perspectivas y, aún así, en estos días parece que nadie sabe con certeza de qué se trata, qué es, cómo se siente o cómo debería ser. Obviamente no tengo las respuestas, pero sin duda mis veintantos años me han ayudado a desmitificar algunos ideales románticos (nocivos) y a construirme una visión mucho más sana, honesta y terrenal sobre lo que para mí significa amar.

El amor debe aprenderse

En una entrevista para Forbes, Patch Adams cuenta cómo a lo largo de 29 años, en 71 países, frente a un público total de poco más de 15 millones de personas, siempre hacía la misma pregunta: ¿hay algo más importante en sus vidas que el amor? Menciona que, de esos más de 15 millones de personas, a lo mucho 10 levantaron la mano. Sí esto es verdad, parece que realmente el amor es lo más importante en la vida de las personas pero, ¿entonces por qué no existe ni una escuela en el mundo en donde enseñen a amar?

Es decir, todos los días llevamos a cabo actividades que parecen haber estado ahí desde que nacimos porque, a fuerza de estudio y repetición, aprendimos a llevarlas a cabo de una forma tan natural que ahora parecen reacciones mecánicas. Hablo de cosas sencillas, como comer, caminar, escribir, caminar, bailar, transportarnos, trabajar, pagar las cuentas, etc. Ojo: Adams habla de la inteligencia del amor, no del sentimiento del amor. Lo mismo sucede con El arte de amar, como menciona la premisa de Erich Fromm: éste requiere conocimiento y esfuerzo.

Piénselo por un momento: si todos aprendiéramos algo sobre la inteligencia del amor, nos habríamos ahorrado meses o años de vida que perdimos atorados en relaciones destructivas. ¿Cuántos exes se habrían ahorrado? Y no solo eso, ¡su salud mental no habría sufrido tanto! Nos ahorraríamos dramas innecesarios, y relaciones violentas o destructivas. ¡El mundo sería un lugar más feliz!

El amor no es irreductible a una relación de pareja heterosexual y monógama

¿Qué necedad con encasillarlo en un cubo de 3×3 donde no hay espacio para nada más? Sí, a través del matrimonio la pareja ha sido el núcleo que sostiene a la familia como unidad económica y base de la estructura social pero, con el paso de los años han surgido nuevos modelos de familias que reclaman leyes que se adapten a las nuevas necesidades emergentes.

¿Qué quiero decir con esto? Que el concepto de pareja heterosexual y monógama ha servido para mantener un cierto orden socioeconómico, ¡pero eso no tiene nada que ver con el amor! Para mí, la concepción del amor debe expandirse como el universo mismo e impregnar a los seres que nos rodean sin importar si existe o no una etiqueta para denominar a ese ser humano al que dediquemos nuestro afecto (o seres humanos, en plural, en el caso del poliamor). Puede tratarse de tu pareja gay, de tu amor imposible, de un crush, de tus hijos, de amigos, de viejos conocidos, de romances lejanos, de familia, de comunidad, de vecinos, ¡o de todos juntos! (guiño, guiño).

Adiós media naranja, hola compañero de vida

Hay que deshacernos de esa horrible idea de encontrar a «nuestra otra mitad» por dos razones: 1) implica aceptar que estamos incompletos, que algo nos hace falta para estar bien y, perdón pero tener una pareja debe ser una decisión y no una necesidad; y 2) este supuesto sostiene la creencia errónea de que el otro debe llenarme y, por lo tanto, es su deber hacerme feliz. Nada más falso que esto: nuestra felicidad es nuestra responsabilidad absoluta. Es súper injusto e inmaduro dejar esta tarea en manos de otra persona, así que hay que asumirla como propia y encargarnos de hacerla una realidad que podamos compartir con quien nosotros elijamos amar.

Nuestra pareja no debe convertirse nunca en la protagonista de nuestras vidas: ¡debemos ser nosotros mismos el papel estelar! Enterremos a las medias naranjas que tanto daño nos han hecho, causando relaciones codependientes e irracionales. Cambiemos el switch al encuentro de un compañero de vida: alguien que no sea responsable de nuestra felicidad pero que se sume a la causa de manera voluntaria, afectuosa y respetuosa.

Lo que ves es lo que hay

Supongamos que a Marcela le late un chingo David. Piensa que él es muy guapo, buen pedo, listo y súper atento con ella… pero a David le mama empedar cada fin con sus amigos, cosa que a Marcela le caga. Aún sabiendo esto, ella decide empezar a salir con él y emprender la misión fallida de lograr que cambie.  ¿Como por? ¿Por qué empezar una relación con alguien a quien quieres cambiar?

Cuando alguien nos gusta mucho y comenzamos a pensar en entablar una relación con ese alguien se vale hacer una pausa y reflexionar sobre dos cosas: 1) Nadie es perfecto. Es probable que, al estar en la etapa de enamoramiento, creamos que esa persona lo es pero, eventualmente, el hechizo pasará y comenzaremos a conocer aspectos de su personalidad que no nos gustarán en los absoluto; 2) Vale la pena preguntarnos ¿Las cosas que nos gustan de esa persona son lo suficientemente positivas y fuertes como para que toleremos sus defectos?

Hay que ser honestos con nosotros mismos y pensar que no tiene caso iniciar una lucha por querer moldear a alguien a nuestro ideal de pareja. Lo que vemos es lo que hay, ¿le entramos o no?

Una relación es perfectible 

Porfa no sean de esos que dicen: «pues yo soy así y te chingas. ¡A ver cómo le haces!» O sea, ¿neta? Dejen eso para la pubertad. En una relación adulta deben existir acuerdos y para llegar a ello a veces nos tocará ceder. Se trata de un proceso de aprendizaje continuo en el que, idealmente, cada vez lograremos más y mejores soluciones que satisfagan a las dos partes. No será fácil, claro, porque probablemente creamos que somos nosotros los que estamos en lo correcto y que es el otro el que está mal pero guess what? La otra persona probablemente piensa lo mismo así que, alguien tiene que ceder por el bien de la relación. Ojo, esto debe venir de ambas partes.

Este ejercicio de lograr acuerdos debería, idealmente, ayudarnos a conocer mejor a nuestra pareja y a nosotros mismos, por lo que, eventualmente, deberíamos poder hacerlo mejor cada vez. Es decir: deberíamos poder dejar de pelear por la misma razón una y otra vez (habiendo tantas razones nuevas y divertidas para hacerla de pedo, ¡qué oso estancarse con lo mismo!), dejar de enojarnos por las mismas causas o, en suma, dejar de cometer los mismos errores. Si queremos que una relación evolucione, habrá que evolucionar junto con ella.

Amar es crecer

Cuando aprendemos a amar a alguien entendemos que ese alguien es un mundo aparte del nuestro con deseos, sueños, libertades, creencias, metas y aprendizajes individuales, muy distintos a los nuestros. Esto quiere decir que debemos empezar por aceptar a la persona en cuestión tal como es, sin pretensiones de moldearle con el fin de alimentar nuestro ego.

Este proceso es quizá el más difícil: es un aprendizaje constante en donde conoces al otro y permites que el otro te conozca con el fin de entablar una relación lo más justa, equilibrada y placentera posible. En este inter es inevitable crecer como persona porque aprendes a dejar ser, a preocuparte por alguien más que por ti mismo y también aspiras a convertirte en una mejor persona.

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