Sororidad: una victoria del feminismo

Cinco años atrás creía que era más fácil tener amigos que amigas. Lejos de ser la única que pensaba así, descubrí que todas las morras con las que me topaba se sentían de la misma manera que yo. ¿Coincidencia? Desde luego que no.

Todo empezó en la tierna primaria, donde tuve broncas con otras chicas que me molestaban porque era súper ñoña (believe it or not), por ser la favorita de los profes (qué perro oso), por usar faldas cortas o crop tops, por andar con muchos, o por no andar con nadie, ¡en fin! Siempre había pedo.

Un día me di cuenta que, mientras nosotras gastábamos nuestra energía haciéndonos la vida imposible, los batos se la pasaban a toda madre: sin chismes, sin envidias, sin rivalidades ni complicaciones. Sin duda alguna la vida parecía mucho más sencilla y divertida para ellos, así que desde muy pequeña asumí como cierto que las mujeres éramos seres imposibles de entender y con ganas de pelear por todo.

En ese tiempo aún no comprendía que esto tenía que ver más una construcción social que una verdad biológica, así que me fui por el camino fácil: me pasé del otro bando. Aunque seguí hablando con chicas, siempre preferí hacer amistad con hombres. Con ellos no importaba cómo me vestía, si me arreglaba o no y, además, podía hablar de otras cosas que no fueran chicos o maquillaje.

Poco a poco asimilé una idea radical: yo era un bato. Me alejé de ideas románticas y hasta adopté una postura un poco áspera contra las chicas que eran demasiado girlys: ¡sencillamente no las soportaba! Veía en ellas la encarnación del cliché de lo femenino y lo repudiaba desde lo más profundo de mi ser. Así fue hasta que me topé con el feminismo (ahí voy otra vez de feminazi).

Paréntesis: dejen fuera de su cabeza todos los prejuicios que tienen en torno al tema y abran su mente hasta que termine esta bonita historia (prometo un final feliz).

Cuando descubrí el feminismo supe que no había vuelta atrás: había abierto los ojos y no volvería a ser la misma chica de antes. Acercarme a lecturas, noticias y personajes feministas me hizo ver mi mundo con más claridad. Me ayudó a entender muchos patrones de conducta nocivos que había interiorizado. El feminismo en mi vida fue una invitación abierta a la deconstrucción y, con ello, el primer paso para comenzar a ser la mujer que siempre había deseado ser.

Comprendí que, al igual que yo, todas hemos tenido que enfrentar un mundo repleto de machismos normalizados, y que cada una lucha con lo que puede. También entendí que ser mujer no tiene nada que ver con preferencias sexuales, conductas o patrones estéticos. Fue así que decidí abrirme y comenzar a entablar más y mejores lazos con todas las mujeres que se me pusieran enfrente. Esta apertura fue la que me llevó a conocer mujeres hermosas que hoy tengo la dicha de contar entre mis amigas.

Hoy puedo decir que, cuando dejamos de vernos como rivales; cuando evitamos criticar a otras por su forma de vestir; cuando dejamos de llamar puta a quien disfruta abiertamente de su sexualidad; cuando dejamos de odiar a la ex de nuestra pareja, o a la pareja de nuestro ex; cuando dejamos de llamar zorra a quien le gusta ser coqueta; pasan cosas maravillosas, porque solo así logramos deshacernos de guerras falsas y generar empatía con la otra. El siguiente paso es la solidaridad. Después viene lo que en feminismo se conoce como ‘sororidad’, que es la hermandad entre mujeres.

La sororidad es la hermosa idea de que la de al lado es compañera, no rival, y gracias a esa idea es que ya no me creo la mentira de que la amistad entre mujeres es complicada. Gracias al feminismo logré abrirme y me rodeé de morras que me han llenado de cariño, apoyo y sonrisas. Y, sin importar qué tan distintas seamos, juntas hemos compartido incontables charlas, abrazos, consejos, secretos, pedas, perreos, mensajes, postales, pelis, bromas, historias, viajes, comidas, memes…

Gracias a todas y cada una de ellas por formar parte de mi vida y por ayudarme a ser mejor persona.

Cuidémonos entre nosotras. #Sororidad

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