Orgasmos para todas

Afuera llovía estúpidamente, pero aún así logré llegar a tiempo: éramos más de 30 mujeres sentadas en el pequeño foro de Dosis Café, en la Roma. Feministas todas o, al menos, en vías de abrir los ojos para reivindicar nuestra percepción de lo que significa ser mujer, de cómo se vive, cómo se siente, y de todo lo que se tiene que luchar para entendernos de una manera distinta, mucho más libre, independiente y justa. ¿El tema? “Más disfrute y menos brecha del orgasmo”.

Expectativa: tips, consejos, herramientas y explicaciones para tener más y mejores orgasmos.

Realidad: una charla cruda, cagada y alarmante sobre sexualidad femenina.

Después de mi «decepción» inicial, Fabiola Trejo logró atraparme desde el momento en que tomó el micrófono con un tono firme, fuerte y claro, algunos pasos despreocupados y muchas confesiones indiscretas que me hicieron clic en más de una ocasión.

Fabiola nos habló de los resultados arrojados en sus estudios de doctorado sobre el orgasmo femenino y la brecha de género en torno a este tema. Los resultados de las encuestas revelaron que más del 90% de los hombres alcanza un orgasmo al mantener un encuentro sexual, mientras sólo poco más del 60% de mujeres heterosexuales lo logra.

Lo primero que salta a la mente es, ¿por qué los hombres son más exitosos que las mujeres al obtener este pase directo al paraíso cuando cogen? ¿Es porque las mujeres somos complicadas? ¿misteriosas? ¿insaciables? ¿nuestra maquinaria es muy compleja de descifrar? ¿no nos interesa venirnos? ¿nuestras parejas sexuales no saben hacernos llegar? ¿acaso se interesan en que nosotras también lleguemos al orgasmo cada vez que ellos lo hacen?

Si eres hombre probablemente pienses, “¡vaya Mar! ¿con qué weyes te has metido que no te hacen tener orgasmos?” Bueno, probablemente tú hayas sido uno de esos weyes (bromi) o no, el punto es que no tiene nada que ver con «la clase» de chicos, sino con las prácticas habituales que tienen, la mayoría de los hombres, a la hora de mantener relaciones sexuales con una chica.

Están los que se rifan y hacen que su pareja tenga un orgasmo siempre (o casi); los que eyaculan y se desentienden por completo, sin importarles si la chica no se vino (no sean de esos, no mamen); los que intentan “ayudarla” para que ella también llegue (aunque no siempre lo logren); y los que creen (o quieren creer) que siempre han llevado al orgasmo a todas las mujeres. Lo triste de esta historia es que, sin importar de qué grupo seas, es altamente probable que varias morras te hayan mentido. ¡Te sorprenderá saber que es muy común que una mujer finja un orgasmo! ¿Triste? Sí, mucho. ¿Por qué lo hacemos?…

Cuando Fabiola preguntó, “¿quién había fingido alguna o varias veces un orgasmo por cansancio, por no estar segura de cómo se sentía; por temor a demorar mucho en alcanzarlo; o simplemente por creerse incapaz de lograrlo y desear que su pareja terminara?” levantamos la mano más de veinticinco mujeres. Entre risas nerviosas y expresiones de afirmación, estábamos confundidas y sorprendidas al ver que casi todas lo habíamos hecho sin saber muy bien por qué.

Quizá todo esto tiene que ver con la forma en la que descubrimos y aprendimos el placer sexual desde temprana edad: por un lado, para el género masculino siempre se ha tratado como algo natural, necesario, liberador, accesible y viril; en el lado opuesto, al género femenino se nos presenta como algo complejo, sucio, innecesario, animal y difícil de lograr.
¿Crees que esto es normal, que está bien? ¡En lo absoluto! Pero la realidad ahí está: sin importar nuestra escolaridad o nivel socioeconómico, las mujeres naturalizamos esta práctica sin cuestionarnos por qué lo hacemos. ¿Por qué nos creímos el cuento de que somos más complicadas? ¿que nos cuesta más trabajo sentir el punto más álgido de placer? ¿en qué momento decidimos que era preferible fingir un orgasmo antes que exigirle a nuestra pareja que se tomara el tiempo y las ganas para correspondernos con el orgasmo que él siempre ha tenido asegurado en cada encuentro sexual?

Y ahí estábamos: más de veinticinco chicas con una carrera universitaria, con educación sexual y algo de conciencia feminista confesando que, a lo largo de nuestra vida sexual, habíamos fingido orgasmos en más de una ocasión, lo que también significa que le hemos restado importancia a nuestras necesidades y deseos, anteponiendo el placer de nuestra pareja por miedo a no herir su masculinidad, por miedo a no conocernos, por miedo a no creernos suficientemente dignas de merecer el mismo placer que somos capaces de dar al otro.

Por el lenguaje corporal, puedo intuir que todas las mujeres que nos reunimos de forma aleatoria en ese foro también nos sentimos plenamente identificadas cuando Fabiola habló de lo difícil que es para una mujer perder el miedo a conocer las partes escondidas en su vulva; convertir el asco que nos hicieron sentir por nuestra menstruación en autoconocimiento y respeto, descubrir cómo se siente un orgasmo y cómo alcanzarlo; perder el miedo a masturbarnos; aprender a amar y a respetar nuestros cuerpos.

Todo esto me hizo reafirmar que nos urge cambiar esta concepción de la relación sexual que se centra en la penetración: un encuentro que empieza con una erección y termina con una eyaculación, en donde todo lo demás termina por ser accesorio, prescindible o un mero «juego previo».  Desechemos la idea de la estimulación de los genitales femeninos como medio para para lubricar la vagina y así poder penetrarla, para resignificarla como un fin mismo, ya que es a través del clítoris la forma más certera para alcanzar el orgasmo femenino.  Transformemos esta primitiva visión y dejemos de llamar «juego previo» a esas prácticas que son necesarias para lograr encuentros sexuales más equitativos y plenos.

Tenemos que hacernos conscientes de nuestros deseos y necesidades, en especial cuando se trata del poder sobre el propio cuerpo, ya que éste es un acto de empoderamiento, amor propio y sanación. Como dice Trejo, ”la base del feminismo está en la autonomía de los cuerpos. El patriarcado busca anular nuestro deseo y sexualidad, reducirlo al rol de madres, parejas, encerradas en casa o que la sexualidad de las mujeres esté relacionada con el placer masculino. Estamos construidas para el otro, incluso la relación con nuestros cuerpos tiene que ser descubierta por alguien más».

Dejemos el miedo y atrevámonos a conocernos, a tocarnos, a explorarnos, a apropiarnos de nuestros espacios más íntimos y aceptarlos, abrazarlos, estimularlos. Visibilicemos nuestros problemas, pongámosle nombre a lo que necesitamos que ocurra y, en suma, apropiémonos de nuestros cuerpo y reivindiquemos la importancia y la necesidad de plenitud cuando se trata de nuestro placer sexual.

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