¡Se buscan locos!

“La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.”

― Jack Kerouac, On the Road

Este debe ser uno de los poquísimos fragmentos literarios que se ha quedado en mi mente. Lo bueno es que, aunque mi mala memoria no me permite recordar los finales de mis libros o películas favoritas, a cambio me deja el recuerdo de lo que éstos me hicieron sentir.

Tal vez soy incapaz de articular una charla sobre los detalles de La insoportable levedad del ser y no recuerdo el final de El Idiota ni los pormenores de El príncipe y el mendigo, pero me acuerdo perfectamente haber sentido frustación con el primero, morir de risa con el segundo e inquietarme por la curiosidad que sembró en mí el tercero.

Con este fragmento de Kerouac, en cambio, algo pasó en mi mente que lo dejó estático en un post it con pegamento del chido. Difícilmente saldrá de mi cabeza ese contundente inicio: “La única gente que me interesa es la que está loca” y, lo que viene después, es lo que he aprendido desde que pasaron esos cuatro años en los que leí On the Road.

Este fue el libro que había elegido para hacer mi primer viaje sola a la maravillosa costa oaxaqueña. Quería olvidarme de todo, hacerme un reset y mandar todo lo malo a la mierda. Hoy felizmente puedo decir ¡lo logré! Mandé a la mierda la baja autoestima, la envidia, los rencores, las relaciones tóxicas y los empleos aburridos.

Ese viaje y ese libro fueron un parteaguas en mi vida. Desde ese entonces, he pasado los últimos cuatro años perdida e irremediablemente enamorada de locas y locos. Caí rendida ante los encantos de su entereza, de la profundidad de sus emociones y sentimientos, de sus gustos bohemios y de sus voces defensoras de ideales, y que cantan o gritan, pero nunca se callan.

Me enamoré de esa gente loca que se aventura en un viaje con una mochila al hombro: sin mapa, sin plan y sin miedos, cargada de buena vibra y un chingo de sueños. Su diosa es la vida, el amor su motor y la libertad su fe. Andan todos los días con la sonrisa dibujada y los ojos bien despiertos, posando la mirada en las formas de las nubes; en el azul, morado, rosa, rojo o gris del cielo; sobre las texturas de las plantas, la forma de las flores, las herraduras de los ventanales, o en otro par de ojos, y es que ¡no pueden parar de mirar por doquier porque no cesan de encontrar belleza a su alrededor!

De alguna forma, siempre logran ver lo bueno de la demás gente y se llenan de ello. Se aferran a crear vínculos estrechos, y luego los convierten en poderosas redes, una red de manos, de pensamientos, de entrañas… una red de entes que se enseñan unos a otros, se procuran y se corresponden.

Me cautiva de sobremanera esa apariencia frágil, ingenua y amable que poseen. En especial porque su bondad es proporcional a su valentía, a su entereza y a la firmeza de su carácter. He visto su inmensa capacidad de amar, pero también soy testigo de la fuerza de su coraje ante la injusticia.

A la menor provocación, ríen a carcajadas, incluso lloran de risa, pero también de tristeza y dolor. Para bien o para mal: sienten mucho. Lo sienten todo. Las tristezas del mundo son las propias, y su alegría es la del resto.

Pueden pasar un día entero con un toque de mota (o varios), platicando con amigos mientras escuchan la música que más los prende, y que les provoca evocar viejas memorias y, por supuesto: utopías. Alguien se para a cocinar algo para el resto, comparten la improvisación culinaria y empiezan a formar pequeños círculos energéticos: algunos tocan la guitarra, otros se juntan a bailar, o bailan a solas, y cantan, y ríen y charlan. Viven ese momento disfrutando lo que les gusta, con quienes aman y, en ese instante, no les importa nada más.

Su felicidad les pertenece, ¡lo he visto! La atesoran a cada paso y la defienden contra cualquier amenaza. Dicen lo que sienten, y dicen ‘no’ cuando realmente no desean algo. También se alejan de lo que les hace daño, por mucho que esto les guste. Corren, corren del peligro, del odio, de la envidia. Desaparecen y vuelven a empezar de cero, todas las veces que necesitan hacerlo.

Son estos lunáticos a quienes deseo topar en el camino: esos y esas que hacen magia, brujería, arte, paz, deliciosa comida, dulces versos, cuentos, chistes, baladas, fiestas, tertulias, regalos, sorpresas, serenatas… Esos y esas que se entregan por completo al hacer el amor, que cogen fuerte, que hablan fuerte, que ríen fuerte, que caminan fuerte. Esos soñadores, ávidos por desbordarse en emociones, en aventuras y amores, y vivir su única vida como les viene en gana, a flor de piel: sin miedo a sentir, sin miedo a ser.

También te puede interesar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *